Nuevas reglas: la revolución del contenido y su consumo



Cuando de tecnología se habla, parece que estamos siempre corriendo de atrás tratando de alcanzar algo que nunca logramos alcanzar. Como esa figura del calesitero y su muñeca en llamas haciendo girar una sortija imposible de agarrar.

Como con un pez resbaladizo, tomamos de cuerpo entero a la novedad pero enseguida se escapa en el advenimiento de algo superior, que viste con ropa vieja nuestro flamante aprendizaje.

Para los que nos interesan - o por alguna razón disfrutamos de - los medios de comunicación, los últimos años fueron de verdaderos cambios. Si establecemos una marca caprichosa, podría decirse que desde la pandemia estamos en presencia de una modificación voraz de la manera en la que no solo se consumen contenidos informativos, sino también en la que se los produce. Qué es el huevo y qué la gallina en todo este asunto es un tema que quedará para otro momento, en manos de gente que realmente sabe.

Retomo; existe un revés impactante en las formas de consumo. De todo: entretenimiento, música, comida; información. Consumir información en un modo muy distinto al que se hizo durante décadas produjo, además, que aquellos que están del otro lado de las noticias tuviesen que sumergirse en una profunda adaptación que conllevó aprendizajes en la utilización de elementos y plataformas, las cuales pusieron sobre la mesa un nuevo reglamento.

 Del desembarco no tan paulatino en YouTube, al nacimiento de los canales de streaming, a esta nueva realidad de la reacción como método: Todo parece haber sucedido en cuestión de un chasquido de dedos. Nos vemos envueltos en las nuevas formas de consumo de contenidos, que provienen de los canales streams, cuya semilla fue sembrada por las infinitas cuentas individuales de la democratización digital.

Una de las frases más trilladas del último lustro es la que sentencia que hoy, cualquiera que tenga una camarita puede hacer un canal y expresarse ¿Pero cómo? Eso requiere de otra respuesta.

En ese cómo hago un punto y aparte a los menesteres tecnológicos, y giro para centrarme en la expresión, más precisamente lo que podemos denominar expresión periodística. Si llegaste hasta acá, y todavía no apretaste la crucecita blanca que cierra la pestaña de este blog, notaste que en lo que llevo escrito de este artículo varias veces hice hincapié en la formas, maneras o modos. Esto ha tomado un giro insospechado en cuanto a las expresiones o vocabulario se refiere.

Al margen de que los tiempos cambiaron y que la lógica – y porqué no también - armoniosa laxitud haya ganado terreno en el lenguaje, da la sensación de que en búsqueda del impacto y de la tan mentada reacción, se vulneraron todos los filtros que los reglamentos implícitos (y no tanto) de la comunicación podían sostener.



Hoy todos es contenido, y si es verdad, mejor todavía. Si siempre uno fue en la búsqueda de aquellos que esgrimieran el más sólido de los argumentos para sentar su posición acerca de determinado tema, la nueva democratización de la palabra confunde la fundamentación con el grito, la racionalidad con la perspicacia, la explicación y la bravuconada.

¿Acaso reaccionar no denota un impulso que se aleja del raciocinio, del pensamiento e, incluso, de estar en lo cierto? Pues sí, eso es lo que se pondera, por lo visto; importa lo que una persona esboce en caliente, al instante, lo más próximo posible del acontecimiento en cuestión, Ahí mismo, con el cuerpo caliente, se opina y se buscan culpables (siempre hay un culpable en la lógica de la inmediatez calificativa).

Nuevas formas, nuevos pensamientos

Y si de nuevas formas hablamos, algo que no puede denominarse de esa manera pero que se adhiere complementariamente a esta era de la opinión a punto de hervor, son las redes sociales y su micro clima. Las redes toman la doxa y lo transforma sazonándola con jerga, modismos y costumbres que nacen, se reproducen y conviven dentro de ellas mismas.

Hoy se pueden generar chistes, neologismos u opiniones dentro de X que, fuera del ex Twitter nadie podría llegar a entender si no cuentan con un usuario, y un considerable tiempo de scrolleo. La gran comunidad twittera por lo general se retroalimenta
y actúa como caldo de cultivo para esas opiniones exacerbadas, al límite de la violencia, con el fundamento racionalizado como último estímulo.

En Instagram, a nivel informativo la dinámica es distinta dado que la palabra queda en segundo plano, por detrás del video, aunque ésto después dé lugar al mismo tenor de comentario. Este caso es el más paradigmático si de nuevos aires comunicativos se trata.

Desde el reel el cause de la noticia puede ser diferente de acuerdo al sesgo de su edición, y las opiniones quedan supeditas a estos escasos segundos de declaración, en los que, por supuesto, quedan al margen muchas consideraciones del protagonista que seguramente inciden en la intención de su comentario. Es decir: Por lo general no hay una visión completa que genere una opinión más robusta.

Le era digital opacó lo analógico, el papel y el tiempo porque no los trasladó a las pantallas; con el albor de lo nuevo en materia de comunicación se enterró (¿para siempre?) las herramientas que formaron hasta hoy a los encargados de comunicar.

Será cuestión de adaptarse o desaparecer, independientemente del lado en el que estemos. O quizás empezar a pensar en un nicho en el que más se sientan incluidos.

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