Todo sigue igual por Avellaneda


Dentro del catálogo de frases hechas en el mundo del fútbol existe una que sirve para etiquetar un partido entre dos equipos que no llegan en su mejor momento: Duelo de necesitados, una expresión que sirve perfectamente para describir el clásico que se jugaba entre Racing e Independiente en el Cilindro.

Y como tal, con el valor agregado de ser un duelo con tanta historia y tradición, y que ambos equipos llegan con una posición endeble en cuanto a lo institucional – que por supuesto se traslada adentro del campo - , la sensación que un empate le caía como anillo al dedo a ambos se palpaba en el aire.

Generalmente, cuando la derrota puede producir una herida más profunda de lo normal, arriesgar no es una consigna, y en consecuencia pueden darse desarrollos trabados, aburridos. Pero este Racing – Independiente fue algo más brilloso, tuvo momentos atractivos y la igualdad puede emparentarse más con el hecho de que hubo un tiempo para cada equipo que por falta de audacia.

En ese contexto de merecimientos, los primeros 45 minutos fueron de la Academia desde el gobierno de la mitad de la cancha. Zaracho, Kranevitter y Lodico se plantaron bien y empujaron, e Independiente se vio desbordado cuando Conechny se cerraba para sumarse a la circulación y dejar el carril para las subidas de Nacho Rodriguez, de muy buen partido.

Fruto de ese empuje llegó el gol local; Perez Cursi se equivocó en salida, la pelota le quedó a Conechny, que tiró un centro para Adrían Martínez. Maravilla cabeceó y antes que entre Zaracho se metió con pelota y todo. Uno a cero y justicia en la tarde de Avellaneda.

De cara al final del primer tiempo, Independiente – no reaccionó ante el 0-1 – ensayó una buena jugada de derecha a izquierda, que terminó en centro de Montiel (con poco el más peligroso del Rojo) y un golpe de cabeza de un intrascendente Chimy Ávila. Así cerró la primer mitad.

Jádson Viera tomó nota de los errores tácticos de su Independiente durante el primer tiempo, y metió mano para el arranque del complemento. El ingreso de Abaldo por Cabral, retrasando a Meza a la posición de media punta por detrás de Ávila, cambió no solamente la fisionomía del visitante, sino también el andar del partido.

Independiente fue otro cuando Meza comenzó a tener una relación más fluida con la pelota, y en quince minutos el partido había cambiado radicalmente: A los 10, Montiel fue bloqueado en el corazón del área tras recibir luego de un buen desborde de Nahuel Banegas desde la izquierda; a los 13, Meza remató de media distancia y Cambeses la mandó al córner, mientras que a los 16 minutos, el propio mediocampista protagonizó la jugada del penal.

Picó al espacio a buscar una peinada de Ávila y fue golpeado por el chico Gonzalo Escudero. Tello no dudó, y Meza mucho menos desde los doce pasos; el 1-1 estaba más que bien.

Los cambios de Ezequiel Cannavo, Leonel Pérez y Ulises Ortegoza le dieron más frescura a Racing de cara al final, pero más desde lo físico que desde lo futbolístico. En ningún momento el local volvió a tener ese dominio sobre su rival como el los primeros 30 minutos del partido. 

Independiente, por su parte, se retrasó unos metros y logró encontrar esos espacios que dejaba una adelantada defensa racinguista. El trámite se volvió desordenado y vertiginoso, esparciendo la sensación de que cualquier cosa podía pasar.

Sin embargo, ninguno tuvo imaginación para poder llevarse el clásico. Un clásico muy devaluado por el presente de los equipos, y porque al término de los 90 minutos, nadie puede decir que se fue satisfecho. 



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