Un paquete vacío


El boxeo es un fiel reflejo del deporte como espectáculo, esa manera de entender la actividad profesional que tan distante se ve por nuestro país. El boxeo, disciplina tan llena de historia acá en Argentina, tiene muchos seguidores y especialistas, pero el marketing no solo los atrae a ellos, sino también a resto de los que no suelen seguir con frecuencia el arte de los puños.
Uno de los impactos de Mayweather
Son éstos últimos los que más reaccionan en las veladas pugilísticas, el consumo previo de la información crea en ellos una expectativa calcada a la magnitud que quiere dársele al espectáculo. Los datos estadísticos, económicos e, incluso, históricos de cada boxeador son repetidos de memoria en la previa de cada combate, como si a cada uno lo conociéramos desde el inicio de su carrera.
Esta situación se desborda y alcanza oficinas, paradas de taxis, reuniones familiares. Todo vierten su opinión y comentan de qué manera esperarán la noche del sábado en la que, se afirma, “se alquilarán balcones”.
Pero llega el momento de la verdad y son muy pocos los que quedan satisfechos. Aquí comienzan a filtrarse los espectadores; solo quedan enganchados los amantes del box de siempre, los especialistas, enviados, etc.
La “Pelea del Siglo” dejó a muchos con ganas de ver más. Una vez más Floyd Mayweather hizo su negocio (bien entendido), pegó siempre que quiso y esquivó - casi – todo. Pacquiao copó el ring, logró conectar un par de golpes, hasta ganó algunos asaltos. Pero no le alcanzó para sacarle el invicto a Money.
Pero, al margen de lo que ocurrió sobre el cuadrilátero, hay una gran masa de eventuales aficionados con los que el deporte queda en deuda. Se esperan un combate histórico, porque así lo anuncia los carteles de la gran maquinaria marketinera, pero “solo” ofrece la destreza y el talentos para los que entienden del asunto. Aparentemente, alcanza.

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