Nuevos vientos

(El Chacho Coudet hizo una gran campaña en su primer año como Dt)

Desde hace algunos años, en el fútbol argentino se viene sucediendo un recambio. No tiene que ver con la manera en el que los protagonistas juegan, tampoco en alguna otra cuestión táctica, ni siquiera en la a menudo equivocada forma de ver el fútbol que tenemos la mayoría de los periodistas.

La diferencia se nota en los bancos de suplentes. Comienza a emerger una nueva camada de técnicos que, vaya a saber porqué, en su gran mayoría se aleja de muchos de aquellos con los que compartieron entrenamientos y acataron órdenes. Parece empezar una nueva etapa, al menos desde algunas cuantas cuestiones visibles en una cancha.

Y como todo cambio que conlleva grandes transformaciones, se trata de un proceso distanciado de lo radical. A medida que pasan los ciclos – transportados a través de la picadora de carne de la que tanto hablamos y tan poco nos hacemos cargo – comienzan a surgir cara nuevas/viejas; es decir, volvemos a ver de traje a aquellos que antes veíamos en cortos por la tele.


(Gallardo revolucionó River, y lo instaló en lo más alto)

Y si bien muchos de ellos tampoco pudieron escaparle a la crítica futbolística – nadie lo hace, ni el propio Messi, aunque parezca inverosímil – hoy nos encontramos con esta nueva fachada que intentan montar. No es un plan en conjunto, ni mucho menos, pero este nuevo grupo de entrenadores que se instala empieza a desprenderse de viejas formas que demacraban el medio, para hacerlo un lugar un poco menos espantoso.



El motor es el juego. No éste per se, sino la predisposición al mismo. Se vislumbra que va quedando atrás (al menos por medio de paseos ínfimos y rastreros) ese axioma que reza que aquellos equipos que cuentan con “poco material” no pueden aspirar a una propuesta osada, que enternezca al público. Ni hablar de la belleza (palabra que, aplicada al fútbol, merece varios textos).

Se torna más común ver equipos que se equivoquen, y paguen dicha equivocación a la hora de salir tocando; que presionan en los primeros metros el campo rival y dejan huecos. Que quedan mano a mano en el fondo, no retroceden cubriendo bien los espacios; pierden rápido el balón. 


(Guillermo dejó una huella imborrable en Lanús)



Y antes de catalogar, etiquetar o, simplemente, menospreciar, habría que recordar que aquellos esquemas austeros, mal llamados “sacapuntos”, pueden terminar encontrándose ahogando las mismas penas que los que provocan una sensación más placentera.

Quizás a partir de ahora empiecen a extinguirse aquellos que se adueñaron de la palabra “trabajo” y empecemos a querer escuchar hablar más de fútbol. Porque es tan lindo y apasionante tratar el tema, que no nos damos cuenta todas las pavadas que se dicen por ahí. 

De todas formas,  en Argentina el fútbol continúa siendo deficitario, y no solamente desde lo económico. Los partidos dejan mucho que desear, sabor a poco. Cuesta ver algún partido que llame la atención; muchos lo hacen desde lo emotivo y no tanto desde el juego. De todas formas, puede ser el un punto de partida.


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