La cagada que se mandó el nene

 Lamine Yamal es el nombre del momento, o uno de los nombres del momento en un contexto inmejorable para un equipo de fútbol como España. Una vez más, la Roja vuelve a verse en una definición de Eurocopa, como en 2012, 2008, 1984 y 1964. Cada vez que llegó ganó, a excepción de la definición en los ochenta, donde cayó con Francia.


Fueron los galos, precisamente, los que se vieron ensordecidos ante el pronunciamiento del nombre Lamine Yamal. Les tocó sufrirlo en carne propia el martes, y quedaron en el camino, sin poder despejar las dudas y críticas que les llovían en la previa.


La Francia de Deschamps, la de los kilates futbolísticos en cada posición del campo, la misma del monstruo Mbappe, hizo las valijas para abandonar Munich y comenzar a pensar, de manera individual, en la próxima temporada.


No obstante, la tarde muniquesa despertó difícil para los españoles. Si bien se hicieron de la pelota desde un primer momento, Francia se mostró tan lúcido como agazapado; en una de las primeras oportunidades el enorme Mbappé (la diferencia que saca en cancha, por momentos, es basquetbolista) sacó un centro de la nada para el toque de cabeza de Kolo Muani.  Iban ocho minutos, y el partido ya favorecía a los subcampeones del mundo.



Pero no solamente por el resultado, sino porque a partir de éste Francia se agrandó y comenzó a dominar el trámite. La sensación era que España eempezaba a padecer turbulencias, a perderse; el gol de Kolo Muani fue una bomba de estruendo que explotó cerca y la dejó confundida.


Había aroma a que les blues podrían ampliar la diferencia de contra, se deducía a través del semblante de cada equipo en la cancha, porque de a poco los espacios se agrandaban para Francia a espaldas de los medios rivales.


Pero Lamine Yamal cambió todo.  A los 21 minutos tomó el balón en la transición vaga del un pase de Olmo a Morata, se balanceó - a metros de la media luna del área - sobre Rabiot, a quien llevó de un lado hacia el otro, como un péndulo. Se abrió para su zurda y la clavó al lado del palo derecho de Maignan.



¡Qué cagada te mandaste, nene! A sus 16 años (cumplirá 17 el sábado, un día antes de la gran final frente a Inglaterra) el atacante de Barcelona lleva con naturalidad, como quien se calza un jean,  el mote de futbolista de elite. Es determinante en su equipo y en su selección, como si eso se tratara de algo sencillo. Qué gran cagada, pibe. 


Desde ahí, España volvió a tomar confianza. Atacaba por los costados, con el interminable Navas y Cucurella,  y se lucía por el centro, con la magia de Fabián. Así llegó una nueva obra maestra, la de otro de sus mediocampistas extraordinarios: Dani Olmo.


Control, sombrero con movimientos cortos y precisos como si hubiese estado girándose dentro de un baño pequeño. El disparo fue tan violento que ni los brazos de Maignan ni las piernas de Koundé lograron frenarlo. 2-1, y la furia desatada del lado rojo del Allianz Arena. 


Una gran cagada la de este chico Yamal ¿Cómo convencer a partir de ahora, al hincha promedio de fútbol, de que eso no es normal? ¿Cómo manejar la ansiedad de aquellos que piden cabezas ante una sucesión de derrotas, y la inmediata promoción de juveniles cuando un equipo viene cuesta abajo en el campeonato? ¿Cómo lograr que se respeten los procesos normales de desarrollo de un futbolista, cuando está demostrado que se puede saltar a la cancha  a los 16 años? 


Y, así, los cómo y las preguntas van apilándose en una montaña de caracteres, difícil de achicar. Lamine Yamal, hijo del fútbol, estrella entre algodones, brote de crack, brilla ante los ojos del mundo como si nada. Después, puede jugar al piedra, papel o tijera, antes de guardarse para otra función. En qué lío los metiste, pendejo.


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