Esta vez, el fútbol no escondió


Se ha repetido hasta el hartazgo que lo que hace que el fútbol sea el deporte más maravilloso del mundo es el hecho de que no siempre gana el mejor, que tener jugadores estrellas no asegura el éxito. Que nada ni nadie, en realidad, segura la tierra prometida.

Así es este deporte, impredecible, cambiante, emocionante, vivo en todo momento. Sin embargo, existen los ejemplos en los que la lógica se da una vuelta a ver cómo anda todo. El pasado sábado ella dio acto de presencia en el Kazan Arena para desnudar la pobreza argentina.

Ese abultado y engañoso 4-3 de Francia sobre la selección nacional no hizo más que reforzar las dudas, los miedos y la incertidumbre que brindaba el equipo, solo sostenido por una cuestión de fe desde la propia clasificación a Rusia obtenida por aquel memorable partido de Messi en Ecuador.

Tras la imagen de debacle ofrecida luego del error de Wilfredo Caballero frente a Croacia llegó la épica entrada de Marcos Rojo contra Nigeria a solo cuatro minutos de armar las valijas. Y, desde allí, nuevamente la fe, la esperanza sobre un plantel que no pudo dar más lamentablemente. Un grupo de jugadores que agotó sus recursos inmerso en un lodazal impuesto por la falta de un proyecto a largo plazo (si, me siento un ingenuo pidiendo eso), y por ende de un rumbo fijo, claro, cualquiera sea éste.


Muchos planteos sin una idea contenedora. Así pasaron los técnicos, los dirigentes, los partidos, los meses hasta radicarse en Bronnitsy con – nuevamente – la esperanza que siempre envuelve al corazón argentino en estas citas.

Pero, una vez más, quedó claro que el fútbol tiene otras cosas. Que la garra de un equipo o jugador que suele ponerse en duda quizás no es siempre el problema, sino la falta de juego o de ideas dentro de una cancha. Que cada vez que pedimos que “pongan huevos” lo que hay que reclamar es que se juegue más. Pero claro, estamos esperando que los equipos con mayor posesión del balón pierdan para caer falazmente ante ese estilo, que por supuesto no se enaltece cuando los benditos resultados aparecen.
  
El recambio es una cuestión natural de cualquier equipo  a través de los años, y tendrá que llegar como le ocurre a cualquier otro. No obstante, no hay que perder de vista que hay protagonistas de esta gran camada que todavía tiene muchas cosas para dar. Reclamar un final de ciclo masivo desde la bronca que muchos arrojan es un auto suicidio.

Por ahora, con todo muy fresco todavía,  nada está en claro. Cuando la marea baje veremos qué queda en la orilla y, mal que le pese a la dirigencia del fútbol argentino, tendrán que volver a pensar.

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